
Había inventado unos lentes especiales. Con esos lentes podía ver las cosas desde el punto de vista del otro. Podía ponerse en el lugar del otro. Dejó de pelearse con la novia, ya no discutía con su madre y hacía exactamente lo que el jefe le decía. Sólo bastaba con que la otra persona, ya sea novia, madre o jefe, use los lentes unos cinco minutos para que después él los use y vea las cosas como el otro. Claro, ahora entiendo por qué no te gusta que vuelva tarde -le decía a la madre. Claro, ahora entiendo a lo que se refería con prolijidad -le decía al jefe. Claro, ahora entiendo por qué no te gusta que salga con mis amigos -le decía a la novia.
Cuando quiso acordar, había estado tan preocupado por cómo veían las cosas los demás, tan preocupado por qué pensaban, que se había olvidado de cuál era su punto de vista. Ya no tenía opinión, ya no tenía iniciativa, ya no vivía sin mirarse con los ojos de los demás. Todo era demasiado y sin los lentes la realidad lo encandilaba, lo inundaba de miradas y opiniones que no podía manejar; claro, todo se solucionaba cuando miraba con los ojos de los demás. Todo era tan fácil.

