martes, 24 de marzo de 2009

Punto de vista


Había inventado unos lentes especiales. Con esos lentes podía ver las cosas desde el punto de vista del otro. Podía ponerse en el lugar del otro. Dejó de pelearse con la novia, ya no discutía con su madre y hacía exactamente lo que el jefe le decía. Sólo bastaba con que la otra persona, ya sea novia, madre o jefe, use los lentes unos cinco minutos para que después él los use y vea las cosas como el otro. Claro, ahora entiendo por qué no te gusta que vuelva tarde -le decía a la madre. Claro, ahora entiendo a lo que se refería con prolijidad -le decía al jefe. Claro, ahora entiendo por qué no te gusta que salga con mis amigos -le decía a la novia.

Cuando quiso acordar, había estado tan preocupado por cómo veían las cosas los demás, tan preocupado por qué pensaban, que se había olvidado de cuál era su punto de vista. Ya no tenía opinión, ya no tenía iniciativa, ya no vivía sin mirarse con los ojos de los demás. Todo era demasiado y sin los lentes la realidad lo encandilaba, lo inundaba de miradas y opiniones que no podía manejar; claro, todo se solucionaba cuando miraba con los ojos de los demás. Todo era tan fácil.


lunes, 16 de marzo de 2009

Gladiolo


A veces, la falta de conocimiento en el área de la floricultura puede dejarte mal parado.

Yo tenía 12 años (plena edad del pavo) y mi padre me pidió que vaya a devolverle al portero la llave del patio. El portero (después me enteré que se llamaba Eduardo) era bastante afeminado; repito, bastante. Mi padre me dijo: "Tomá, llevale las llaves a Gladiolo". Allá fui, con la ingenuidad de niño que me quedaba y la distracción propia de la edad de la bobera (que se ha perpetuado más de lo planeado). Cerré la puerta y bajé las escaleras silbando alegremente. Llegué a la portería y ahí estaba Gladiolo (después me enteré que se llamaba Eduardo), yo no lo conocía muy bien, entonces -ante la duda- le pregunté respetuosamente: Disculpe, ¿usted es Gladiolo? Los cuatro o cinco segundos que demoró en contestarme me indicaron que algo no andaba bien. O el tipo tenía problemas con su personalidad o yo le estaba diciendo algo que no le gustaba. "Sí, sí, soy yo pibe" -me dijo mientras tomaba las llaves de mi mano y se iba hacia el garaje. Yo pegué la vuelta y volví silbando a mi apartamento, con la misma cara de bobina con la que había bajado.

Cuando vuelvo, mi padre me pregunta, ¿lo encontraste? y yo -para sacarme la duda- le comenté que Gladiolo (después me enteré que se llamaba Eduardo) se había quedado callado cuando le pregunté si era Gladiolo. Mi padre abrió los ojos y levantándose de la silla me dijo -bastante tentado por cierto -"no le habrás dicho Gladiolo, ¿no?".

Después, me enteré que el tipo se llamaba Eduardo, y que Gladiolo era el nombre de una flor; nombre que utilizaba mi padre para denominar al portero afeminado.

martes, 10 de marzo de 2009

Empezamos a volver





A unos metros del Muro de los Lamentos, un judío viejo, de traje negro y barba larga y gris nos dice:


-Jóvenes, ¿rezaron por sus esposas?


-No tenemos esposa, señor -le contestamos-


-Ven, por no rezar.


Pasó el verano, y pasaron muchas cosas. Pasaron las vacaciones, y acá estamos, de vuelta. Trayendo el pan a su mesa. Como dice un paisano en la radio: "empezamos a volver".



P.D.: No sé por qué cuando escribo en el blog me sale escribir en plural, me siento un jugador de fobal.