jueves, 25 de septiembre de 2008

Cuando Mahoma no pensaba ir a la montaña pero la montaña fue a Mahoma y él no sabía qué hacer


¡Oh rayos!- decía yo cuando estaba llegando a mi casa y pensaba en todo lo que tenía que hacer para la semana que viene. Entre todo ese montón de cuasi utópicas labores hallábase el parcial de Radio (una entrevista a alguien "famoso" de Uruguay). Perdido en esos pensamientos estaba yo -mientras buscaba lugar para estacionar- hasta que de repente pasa caminando por la calle el único, el sabio, el más grande (todo mentira), el mismísimo Óscar Washington Tabárez (actual técnico de la selección) alias "El Maestro", apodo originado -para la sorpresa del lector- en su título académico. Sin más rodeos y agradeciendo al Dios de la Comunicación, procuré estacionar en cualquier lado y corrí a buscar al Ticher (dialecto Amsterdam). Fue en vano mi intento pues cuando llegué, en la calle no quedaban más que las típicas bolas de paja que protagonizan tantas películas del Far West; el Maestro no estaba.

Frustrado ante semejante casualidad desperdiciada pensé en ir a beber a un bar hasta embriagarme pero al final me sedujo más la idea de unos refuerzos en casa. Disfrutaba yo los refuerzos de jamón y queso cuando mi boca casi tomando independencia de mi ser exclamó: ¡oh! Ante mis ojos, fijos en el patio del edificio, caminaba el mencionado docente. Cual espía secreto me deslicé hasta la ventana para no marcar bobera, analicé el panorama y vi que se me iba a complicar pues el Ticher estaba con el resto de la flia celebrando el cumpleaños número uno de su nieta (la hija del Maestro es mi vecina). En ese estado me encuentro ahora, ante semejante cuestión me enfrento, ¿voy o no voy? ¿Debo interrumpir tal festejo íntimo en pro de satisfacer mi apetito periodístico? Acá estoy, escribiendo esto y el Maestro a unos metros tras algunas paredes y rejas y globos de cumpleaños...Creo que Hamlet -para ilustrar la situación- diría una frase que tal vez tenga mucho éxito: "ser o no ser, he ahí el dilema".






P.D.: Como en una historia de "elija su propia aventura", queda el final abierto, pendiente de mi decisión y de que la suerte, una vez más, me dé una mano... ya les contaré...

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Hoy, hace 104 años, cayó un grande

Homenaje a APARICIO SARAVIA en la fecha de su muerte, (10 de setiembre, 1904, Masoller).



"Yo ya no tengo caudillo, no tengo por quien pelear".




Más allá de los partidos, más allá de los ideales, hay que reconocer que Aparicio Saravia fue y es un héroe nacional. Su lucha, su figura y su valentía merecen el reconocimiento del país entero. No voy a contar su historia, ni cómo murió, eso lo leen donde quieran, sólo quiero rendirle homenaje, ayudar a la memoria. Me parece que tendríamos que acordarnos un poco más de los héroes nacionales antes que ir a buscar figuras extranjeras.





"Andarás por el cielo, naides lo dude".

lunes, 8 de septiembre de 2008

El cervezita


Yo lo había visto hace tiempo, dos o tres años a lo sumo. Llamaba demasiado la atención, en realidad no por algo que hiciera, sino más bien porque no hacía nada. El cervezita se sienta en la esquina de San Martín y Propios. Está todas las tardes, desde hace mucho tiempo, tanto como para haber gastado el piso. Me contaron que se pasaba las tardes ahí porque, hace tiempo, él había entrado en la carnicería de la esquina y, mientras estaba adentro, un camión fuera de control se había subido a la vereda y había matado a su esposa y su hija que lo esperaban afuera. Una historia digna de un libro, una película o un post, al menos. Supuestamente el cervezita trabajaba de mañana y de tarde se sentaba ahí, a tomar cerveza. La semana pasada, gracias a Cámara Testigo (miércoles, 22 horas, Canal 12), conocí la historia del cervezita, así lo llamaron ellos. Ahí va: el cervezita es un tipo normal al cual, sí se le murió la esposa, pero no en un trágico accidente; el cervezita es un tipo que se sienta en la esquina y se toma 8 ó 9 cervezas por día, según él son como agua para su organismo, podría tomarse 20 litros antes de emborracharse. El cervezita trabaja, no entendí de qué, pero más que nada la cerveza se la regalan algunos camioneros que pasan por ahí. Había muchos vecinos que decían quererlo mucho y afirmaron que "el barrio no sería igual sin él", por otro lado "el kiosquero de enfrente" (todo un personaje), no dudó en tildarlo de vago, sin vergüenza y otros cariñosos calificativos. El cervezita se reía. Me acuerdo de verlo feliz, muy solo pero contento. Siento cierta envidia de tener esa capacidad de contemplación. Poder sentarse a mirar el mundo funcionar, no tener apuro, hablar con la gente y también, disfrutar de una cervezita. Pero, por lo general, me siento más obligado por otras actitudes.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Tatuajes


Nunca entendí muy bien eso de hacerse un tatuaje. Muchas veces lo asocié con la típica rebeldía adolescente, "pa´ loco, cómo taría pa´ hacerse un tatuaje", el pibe que necesita diferenciarse del resto de los pavotes. Pero después, veo que hay gente que se los hace a cualquier edad. No entiendo la necesidad ni la intención, no veo el sentido artístico. En ocasiones, puedo llegar a entenderlos, yo que sé, alguna promesa, algo muy fuerte que te haya pasado, pero más que eso... En algún momento de tu vida, después de hacerte el tatuaje, te debes mirar y preguntarte: ¿por qué? Supongo que ese momento ya es suficiente para desear no habértelo hecho nunca. ¿Qué dirá el gran arquitecto (como lo llaman algunos) al ver que le mancharon su obra de arte?


P.D.: Si te vas a hacer un tatuaje, hacete, por lo menos, uno como el del mostro de la foto.